viernes, 8 de octubre de 2010

Héctor Lavoe, el hijo de Changó


Por Medardo Arias Satizábal


Afuera, el coliseo de Buenaventura era un hervidero de gentes que pugnaban por entrar, pero el lugar estaba hasta el tope, y la policía había recibido orden de cerrar la puerta. Hasta en las vigas del techo, los admiradores de Héctor Lavoe esperaban, cual si fueran trapecistas, el momento de lanzarse a la euforia colectiva.


         En el camerino, Héctor me pidió con urgencia unas rosas blancas. Antes de saltar a la tarima, quería hacerle un homenaje a Changó, la deidad africana a la cual estaba consagrado. Como hijo del que ampara la guerra y el trueno, la fuerza y la fertilidad, portaba siempre al cuello un collar de cuentas rojas con un carcaj en oro, repleto de flechas. Como pude y a esa hora, hice conseguir las flores, y Lavoe las puso sobre tres botellas vacías, a manera de floreros. Ahí rezó, concentrado, y en minutos corrió hacia el lugar donde ya lo esperaba su orquesta con los acordes de "Calle Luna, Calle Sol".


         "En los barrios de guapos/ no se vive tranquilo/cuida  bien tus palabras/ o no vales ni un tiro…", cantó Lavoe, y de pronto se escuchó un ruido como de temblor de tierra. Los nativos del puerto que no habían podido entrar y sin embargo habían comprado boleta, corrieron con un tronco de árbol y cargaron contra la puerta del coliseo, como los vikingos. Aquello fue una locura que obligó al propio Lavoe a pedir cordura para evitar desmanes. Con la puerta franca, toda Buenaventura estuvo ahí coreando con la orquesta. Changó había hecho lo suyo.


         Para los nacidos en Buenaventura, como para los caleños, Lavoe siempre fue un mito, el mismo que pude conocer personalmente en el otoño de 1983 en el "Studio X" de Manhattan, donde ensayaba con su banda. Ahí me presentó a su pianista, "el profesor Joe Torres",  a quien me describió como "el hombre que se come los guineos, y se fuma las cáscaras…"       


Si Lavoe viviera, estaría cumpliendo 60 años. Había nacido en Ponce, el 30 de septiembre de 1946, y desde muy niño, rodeado por una familia musical, -su padre y su madre cantaban en las fiestas patronales- y como él mismo lo reconocía, se le "zampó la guapería en la sangre…".  Willie Colón, uno de sus más grandes mentores, piensa que el secreto de su voz recibió la influencias de Gardel, de Ramito, de Chuíto el de Bayamón, de Odilio González, y supo combinar todo esto con la picardía de Cheo Feliciano y los robateos felices de Ismael Rivera, el Sonero Mayor. 


Al momento de morir, Colón, quien hoy celebra su retiro, lo declaró "héroe de las guerras del Cuchifrito", lo cual viene a ser como una especie de peronavidas de barrio.


         Acompañé a Willie Colón en conciertos en Nueva York, en Miami, en Cali. Con el visité el Club de Pozo, un conocido "after hours" (amanecedero), del hijo de Chano Pozo, en la calle 102 de Manhattan, a inicios de los 80.


         En su casa de Jamaica, en los suburbios de Queens,  revisó y tarareó una canción que escribí para él, sobre Colombia, la misma que nunca llegó al acetato. Lavoe me había solicitado en el Hotel Petecuy de Cali, que le escribiera una melodía donde mencionara mucho a la ciudad, a Buenaventura, y "al río Magdalena".


En ausencia de un presentador, debí presentarlo con su orquesta, en un club de Miami. Lavoe era un sonero por excelencia. En el Studio X de Manhattan, me solicitó una vez, mientras cantaba, un ejemplar del Diario La Prensa. Abrió la sección de crímenes e inmediatamente empezó a improvisar sobre las noticias del día…así era "El Cantante d e los Cantantes", Rey de la Puntualidad. Solía decir que jamás llegaba tarde a un concierto. "Lo que pasa es que la gente llega demasiado temprano", anotaba con humor.


De Colombia le fascinó el ron Viejo de Caldas y andar errante por Ladrilleros, donde vivió un tiempo, y donde quiso convencer al violinista Alfredito de La Fe, de construírse una cabaña ahí. En Cali, fueron inolvidables sus conciertos en Juanchito, acompañado por músicos locales.


Dos películas se verán próximamente sobre la vida de Héctor; la primera de ellas, "El Cantante", protagonizada por Marc Anthony y Jennifer López .


         La película, en la cual la actriz acaba de invertir US$20 millones, a través de su empresa Nuyorricans Productions, tiene todas las características del éxito. El rodaje se realizó en Puerto Rico y Nueva York, y aunque los salseros ortodoxos, no se fian de la voz de Anthony para emular a Lavoe, dicen los entendidos que la banda sonora salió bantante bien. Marc no sólo canta ¨Cheche Colé¨, sino tambien ¨Todopoderoso¨, ¨Todo tiene su final" y ¨Paraíso de Dulzura¨.


         Ell filme está dirigido por el cubano León Ichaso, autor de la pelicula ¨Piñeiro¨, sobre un poeta del Lower East Side, compañero de andanzas de Pedro Pietri. Rodó también, con éxito, ¨Sugar Hill¨.


         Para hacer esta película, se inspiró en la obra de teatro "¿Quién mató a Héctor Lavoe?", la cual fue estrenada en 1999 en Nueva York, con la la voz de Domingo Quiñonez. Lavoe falleció el 29 de junio de 1993, a los 46 años.           

           





En octubre de 1984, el periodista y escritor Medardo Arias Satizábal, residente hoy en Hartford, Connecticut, entrevistó a Héctor Lavoe en Cali. Hizo amistad con el cantante en el otoño de 1983, en Nueva York.




Para los salseros de Buenaventura y Cali, Lavoe siempre fue un ídolo. Esta foto gue captada mientras cantaba en el Club "Juan Pachanga", de Juanchito, acompañado por los Pichirilos y otros músicos locales.

 

viernes, 16 de octubre de 2009

Adiós a Michael Jackson, el Rey del Pop

Por Medardo Arias Satizábal

“El lugar más seguro para mí es un escenario; cuando estoy ahí me elevo, me pierdo fatalmente…”, dijo Michael Jackson, el cantante de 50 años que falleciera en la penúltima semana de junio, provocando oleadas de afecto por todo el mundo.

Al igual que otros genios de la escena pública de Estados Unidos, como Tiger Woods, también empezó precozmente, guiado por su padre, y resintió durante buena parte de su vida no haber sido un niño “normal”, de los que correteaban por los patios y jugaban baloncesto en las destartaladas calles del barrio de Gary, Indiana, donde había nacido un 29 de agosto de 1958. “En casa siempre estábamos cantando; lavábamos platos y cantábamos, hacíamos canciones…”, dijo al diario USA Today hace ocho años, cuando reveló que su infancia no había sido propiamente feliz.

Michael Jackson tenía fijo el recuerdo de los Estudios Motown, uno de los primeros donde fue a grabar con sus cuatro hermanos mayores, y la algarabía infantil que se percibía afuera, mientras él era sometido a unas agotadoras pruebas de grabación.

La suerte de su familia en Indiana no era la mejor cuando Michael nació. Era el menor de siete hermanos y los problemas económicos de su padre arreciaban. Su progenitor era un humilde operario de grúas, pero en sus tiempos libres se dedicaba a la música, su verdadera pasión, y quería que sus hijos abrazaran este arte como una religión. Fue por eso que creó el grupo “The Jackson Five”, con sus hijos mayores, donde Michael, siendo el “baby”, vino a ser el cantante cuando su madre lo descubrió siguiendo el ritmo de una canción junto a una jaula de pájaros.

Los Jackson recordarían después el asombro de su madre al escuchar esa voz de auténtico soprano que salía del entonces frágil chiquillo de cinco años. Ya la voz había corrido por Indiana, y Jackson padre, como el resto de la familia, adivinaron que sus problemas cambiarían con este prodigio que Dios les había enviado. El niño cantaba vestido como un adulto, como un chico afroamericano de las barriadas, con chalequillo brillante y sombrero púrpura, el mismo que hacía equilibrio en su cabeza para no caer, cuando bailaba con un ritmo que le era propio y natural frente a las cámaras del Show de Ed Sullivan.

Pasó toda su infancia en carros que iban de un pueblo a otro, por los días en que los Jackson se presentaban en bares de poca monta, sitios de borrachos y strip-tease, y luego en aviones que lo llevaban por los lugares desconocidos. Su vida comenzaba cuando se encendía el escenario. Entonces ahí empezaba a vivir, sentía que era grande, mientras tutores escolares se afanaban enseñándole

cuantos estados tenía la unión, quién era Jefferson y por qué la Constitución de los Estados Unidos se había firmado debajo de un roble en Connecticut.


La dureza paternal


Una de las cosas que más le dolía de su infancia de niño artista precoz, eran los regaños paternos, la dureza de su padre a la hora de corregirle una entonación, o los pasos de baile que debían seguir una coreografía.

Algunos sicólogos consideran que Michael Jackson, más que desear ser “blanco”, como afirman muchos, en realidad tuvo una obsesión toda la vida. Uno de lo sueños que quiso cumplir cuando ganó mucho dinero, fue querer parecerse a Peter Pan, uno de los ídolos de su infancia. Si se mira bien, casi lo logró, pues se mandó a confeccionar una nariz que tenía trazo de historieta ilustrada, y una barbilla también irreal, como de muñeco viviente. “Mi infancia fue infeliz¨, dijo, para justificar el tener un parque de atracciones en su rancho de California, al que bautizó “Neverland”, como en la historia de Pan, y en el que se rodeaba de niños, como en una metáfora de los Niños Perdidos que huían del Capitán Garfio, símbolo de maldad.

Quienes conocieron sus lugares más privados, dicen que tenían efigies y posters de Peter Pan por todos los lugares, lo cual no descarta ahora una hipótesis de suicidio. Según el mito, Peter Pan rejuvenecía a medida que ganaba años. Es probable que Jackson haya tenido conciencia del deterioro corporal que le podía sobrevenir después de los 50 años, y haya decidido terminar su vida en una edad en la que aun podía sentirse bello y alado como un ángel. Pero esto es ahora materia de investigación para los forenses que darán resultados de autopsia en aproximadamente dos meses.

Su propensión a rodearse de niños le trajo también problemas, uno de los más serios de su vida artística, cuando fue acusado de pedofilia y acoso sexual, caso que se definió en las cortes con un dictamen favorable a su nombre. Fue demandado en múltiples ocasiones, por personal asalariado de sus giras, por empresarios, promotores de conciertos, pero las acusaciones por conducta sexual impropia fueron las más duras de su carrera, y las que menos pudo sobrellevar. Después de esta amarga experiencia decidió radicarse en Barheim, por invitación de un Califa que le entregó siete millones de dólares con una condición: debía producir un disco para él, una autobiografía y brindarle un concierto. Jackson no cumplió ninguna de estas peticiones y también fue demandado. Vivió un tiempo ahí con sus tres hijos, Prince, Michael I y Paris. Debbie Rowe, una enfermera que fuera su segunda esposa, expresó a los medios que dos de estos hijos de Jackson fueron concebidos por inseminación artificial, en un banco de sémen. Ella pidió la tutoría de los menores cuando Jackson fue a Barheim.

Ahora, empieza otra leyenda, la de los litigios jurídicos por su fortuna. Entre los grandes negocios que hizo en vida, figuró la adquisición de los derechos de autor de la música de Los Beatles, grupo al que admiró, tanto como a Nat King Cole, Jim Brown, Stevie Wonder, Martin Gaye, Elvis Presley, Chuck Berry, Sam Cooke, Gene Nelly, Marcel Marceau, Whitney Houston, Barbara Streisand y Johnny Mathis.

Su primer gran éxito se dio con el álbum “Got to Be There”, en 1970, pero fue en 1979 cuando alcanzó un “Grammy” como figura destacada del “Rythm & Blues” con “Off the Wall”, el disco que grabó con la CBS, bajo la producción de Quincy Jones.


“Beat it, Beat it”


Michael Jackson era un talento en plena ebullición; a su baile particular, en el que destacaba el famoso paso del “moon walk”, como si caminara en cámara lenta por la superficie de la luna, unía la pasión del poeta, la misma que dicta la idea, la canción, el color, la fuerza, con los argumentos del sueño. “Sé siempre para dónde voy, lo que quiero”, expresaba. “Por eso me gusta editar, dirigir, escoger un ángulo, una coreografía, por sé lo que deseo, exactamente”. En esto quería parecerse al compositor ruso Tchaikovky, de quien admiraba la suite ¨Cascanueces¨, donde no encontraba, según su percepción artística, un solo error. Deseaba entonces hacer un álbum Pop así, “perfecto”, donde todas las canciones fueran éxitos y lo logró al despuntar la década de los 80. “Thriller” apareció en 1982 y se convirtió en la selección musical más famosa en toda la historia del mundo, con 104 millones de copias vendidas, hasta hoy. En este álbum incluyó sus creaciones “Beat it” y su famosa canción -mi favorita- “Billie Jean”. De lo asombroso de este momento, debe anotarse también el vídeo de 13 minutos que acompañó a la producción, donde una coreografia de muertos vivientes bailan desde de las calles descalabradas de un suburbio obrero. En los créditos de este vídeo aparece el nombre de John Landis, pero se supo que fue el propio Jackson el que ideó este grupo maravilloso de danzantes que parecen hacerse polvo a cada paso. Mucha inspiración para crear este cuerpo de baile, debió recibir del mimo francés Marcel Marceau, uno de sus héroes del silencio.

Michael Jackson fue también una máquina de hacer dinero y con esa fama dorada vinieron también las deudas millonarias. Hoy, cuando ya no está entre nosotros, el mundo ha puesto aparte esas imperfecciones de su humanidad, para admirar, como corresponde, al genio. Por las calles de Hartford, de Nueva York, y de Gary Indiana, los autos han vuelto a subir el volumen en este verano, para dejar escuchar las notas de “Billie Jean”. Lo hacen chicos que no habían nacido cuando “Thriller” estalló por el mundo. Pero se trata de un homenaje para el gran músico, el bailarín, el poeta, para muchos, irremplazable: ¡Michael Jackson!

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Homenaje a Ray Barretto (2 years later)

Por Medardo Arias-Satizabal

"Guajira y Blues son lo mismo": Ray Barreto

Mi padre era un un gigante con dos manos grandes, tocado por un ángel".
Cristhoper Barreto, en la despedida de su padre.

"Amanece, amanece, ya se escucha de los jilgueros la alegre diana/ amanece, amanece, y el rocío se va secando sobre la grama..." cantaban los puertorriqueños recién llegados a Nueva York, los jíbaros, en las barriadas de Sur del Bronx y el Harlem Hispano, a mediados de los años 20.

         En esos vecindarios, divididos sólo por un río, se estaba gestando ya, con estos cantos campesinos, la música que 45 años más tarde sería reconocida como "Salsa"; ayudados por güiros, panderetas, tumbadoras y guitarras, los boricuas aprovechaban los días de fiesta, el tiempo que les dejaba sus labores como mecánicos, panaderos, pintores de brocha gorda, electricistas, para cantar y bailar en veladas de cuota organizados, principalmente, para "pagar el arriendo" y los "biles" (las cuenta de servicio) en esos apartamentos donde se oxidaban las escaleras de incendio y los pomos de las puertas. Pero, del infortunio, los "portorros", unidos a algunos cubanos que ya vivían en la urbe, hacían música y buscaban trabajo también en las pocas bandas que permitían el ingreso de negros o mulatos. Uno de los pioneros de esos bailes de cuota, fue el cantante Pedro Ortíz Dávila, conocido como"Davilita".

         La segregación racial llevó al músico cubano Mario Bauza a crear una orquesta "sólo con negros", para poder sobrevivir. Desde el Brooklyn obrero, venía hasta las calles duras del Sur del Bronx y Harlem, el joven Ray Barreto, ya desde temprana edad caracterizado por enormes gafas y unos pantalones que parecía haber heredado de un hermano bastante menor; los llevaba por encima del tobillo. Llegaba hasta los guateques con su aspecto de seminarista y sólo rompia la timidez cuando empezaba a descargar sobre unas congas. Habia crecido con la influencia tremenda de la radio de entonces -su nacimiento estaba radicado el 29 de abril de 1929- y hubiera podido ser un personaje de la película "Radio Days", de Woody Allen. "Creo que mi apego a la música vino de la tolerancia que tenía conmígo la baby sitter (niñera), diría despues. Escuchaba a Duke Ellington todo el día, y cuando mi madre regresaba del trabajo, ya tarde, apagaba el radio y me hacía el dormido. En esas audiciones, soñaba ser como Ellington, emular a Benny Goodman, ser libre como la trompeta de Louis Amstrong. Pero el instrumento que había elegido, las congas, eran para tocar música nativa, o para buscar algún"Jam Session" en las barriadas negras de Nueva York.

         Cuando Barreto debe ir al ejército -fue enrolado en un batallón que partió hacia Alemania- corría el año de 1946, contaba 17 años y ya conocía la orquesta de Frank Grillo, "Machito", quien tocaba con Graciela en El Morocco, La Conga o el Stork Club. Ser soldado en Alemania, tenia un antecedente ilustre entre puertorriqueños: el de Rafael Hernández, el compositor de "Lamento Borincano", quien también había estado en ese país en 1917, enrolado en la orquesta del ejército estadounidense destacado en la Primera Guerra Mundial.

Al promediar los 40, la segregación racial era una realidad en los Estados Unidos. En el bar del Hotel Waldorf Astoria tocaba un cubano amanerado, amigo de relamidas africanías y del Son llevado a un grado insoportable de sofisticación. Se llamaba Xavier Cugat y gustaba de ser aplaudido por inglesas aburridas en esas noches de Waldorf. Fue el mismo que rechazó la oferta del cantante de Coamo,Bobby Capó, cuando este le solicitó hacer parte de su orquesta; "no eres suficientemente blanco para hacer parte de esta banda", le dijo Cugat. Los años le harían justicia a Capó, compositor de "Piel canela" y de una canción que ha sido traducida hasta en mandarín: "Llorando me dormí".

         De Alemania retornó Barreto tres años despues, en el 49, convencido de su verdadera opción de vida: las congas; las había practicado de dia y de noche en la banda del ejército y también en el bar "Orlando" de Munich, donde tenía licencia para descargar. Barreto había olvidado a su padre, quien desapareció temprano de su casa en Brooklyn. Sabía que el East Harlem tenía la fuerza suficiente para cambiar al mundo; los avatares latinos, tocados por la pobreza, la falta de trabajo y otros males que no aquejaban al resto de la ciudad, eran el acicate para levantar la cabeza en medio de la desesperanza y la ausencia de oportunidades . En el Nueva York de ese tiempo ya germinaba el talento de un escritor como Oscar Hijuelos, autor de "Los reyes del mambo tocan canciones de amor", y el estro de los hermanos Palmieri, Eddie y Charlie, tutores de una generación iluminada que vendría despues con las orquestas de Ricardo "Richie" Ray y Bobby Cruz, Willie Colon, Pete Rodríguez, Joe Bataan,Bobby Valentín, entre muchos otros.

         Con los años, Barreto vió como el viejo Harlem desaparecía; el Teatro Campoamor, donde debutóVicentico Valdés con sus aretes que le faltan a la luna, recien desembarcado de Cuba, fue convertido con los años en una iglesia evangélica, pero el trabajo de músicos como Machito, Mario Bauza y Tito Puente, había terminado por romper, definitivamente, las barreras raciales en una ciudad que soñaba con "West Side Story", la comedia musical de Jerome Robbins, con música de Leonard Bernstein. Los obreros gringos tarareaban "El Manisero", con el acento de Desi Arnaz, sobre las armazones de acero, y en la radio se colaba una que otra canción venida del sur y del Caribe.

                  Sí, habia que hacer el "crossover", ir más allá del río, y fundir esta música ancestral del Caribe con la que hacían los afroamericanos en los clubes de Brooklyn y el Bronx, con el jazz. Barreto quería marchar en el mismo camino de Chano Pozo, el excepcional percusionista cubano; quería dejarse llevar por las notas de "Manteca", por las ondas dulce y locas de la trompeta de  Dizzy Gillispie. Es por ello que, antes que la Salsa, lo suyo fue el "Latin Jazz", esa música progresiva hija al tiempo deThelonius Monk y de Ignacio Piñeiro, de Charles Mingus y de arsenio Rodríguez: "Creo que la Guajira y los Blues son ritmos hermanos", dijo Barreto. "Toda esta gente que cortaba caña en Cuba y los que recogían algodón en las plantaciones de Alabama, tenían un sentimiento musical idéntico.."agregó.

         Barreto tocó inicialmente con el Latin Jazz Combo, de Eddie Bonnamere, y permaneció cuatro años en la orquestas de José Curbelo, y Max Roach. En los veranos iba a tocar en fiestas judías en las montañas de Nueva York, en las Addirondaks, en Woodstock. En 1957 tuvo la oportunidad de su vida cuando Tito Puente le solicitó reemplazar en su orquesta a Mongo Santamaría, alguien a quien consideraba "un maestro". La "Fania All Star" permitió que estuvieran juntos en la interpretación de "Congo Bongó", una melodía que repite el coro "Con barreto y Mongo/ Congo Bongó..."

         Dos álbumes marcaron su vida: El primero, con el sello Riverside, y bajo el titulo "Pachanga con Barreto" y el de 1962, "Latino", en el cual dio a conocer el ritmo "Watussi", acompañado por el saxo tenor José "Chombo" Silva, y la trompeta del Negro Vivar. "Chombo" integró con Charlie Palmierila histórica banda "Alegre All Stars".

         Al despuntar los 60, los músicos latinos de Nueva York querían adentrarse en la raíz africana, buscar en el continente negro lo que le faltaba a esta música que se fraguaba en las fábricas, en los inviernos sucios y los festivales de verano. Es por ello que el dominicano Johnny Pacheco realizó su famosa selección "Viva Africa", con Monguito, su cantante, y Barreto le hacía este homenaje a los Watussi. Eddie Palmieri, por su parte, presentó "Mozambique" y más tarde, lo que denominó "Sonido Nuevo", junto al vibrafonista Cal Tjader, con quien tocó su "Guajira en azul" y "Picadillo". El joven Larry Harlow, por su parte, fue tocado por los 60 con una peregrinación a los solares habaneros; se adentró en los rituales santeros de Guanabacoa, para integrar esos sonidos a su orquestas, más tarde.

                  En ese tiempo, ya el "sonido" de Nueva York, había sido permeado también por la trompeta del creador del "Cool Jazz", Miles Davis, un nativo de Alton, Illinois, que decidió venir a esta ciudad par estudiar en la Julliard School, y poder "algun día" tocar con Chick Corea y John Mc Laughlin. Este era el tiempo para el salto de Barreto.

Hasta mediados de los 60 se vivió en Nueva York la época dorada del Palladium, donde Tito Rodríguez y Dámaso Pérez Prado hicieron historia, y del Bronx Casino, el lugar donde debutaron las orquestas de Salsa. Ahí, Ricardo Ray, siguiendo  tradición de africanías de la generación anterior, integró a sus melodías los cantos abakúas, los ritmos del panteón Yoruba de las iglesias santeras del South Bronx. Ahí, en esos sótanos donde también se ambientaban riñas de gallos, nació el el Jala-Jala y el Boogaloo.

         El llamado "Judío Maravilloso", Harlow, habia tenido un antecedente a principios del siglo XX en Nueva York, un puertorriqueño de origen judío, Augusto Cohen, quien organizaba fiestas a las que asistía el papá de Barreto. Cohen había nacido en 1895 en Ponce. Con su trompeta, integró en Nueva York en 1930, un año despues del nacimiento de Barreto, la orquesta de un cubano de apellidoSocarrás; cuatro años despues, este pionero, conformó la banda "Augusto Cohen y sus Boricuas", y cooperó en el montaje de la revista "Rapshody in Black" (Rapsodia en Negro), de Duke Ellington.

"I Never go back to Georgia"  


Antes de partir hacia Alemania con los acordes de "East Saint Louis" en su alforja, Barreto llevaba también los trenos de la banda gigante de Cab Calloway, la música de Chick Webbs. Sabía de la dureza en la vida de los músicos negros, pues la segregación estaba a la vista. En algunos clubes de Nueva York se fijaban letreros en la entrada: "No dogs, no negroes, no spanish" (No se admiten perros, negros ni Hispanos). Sus primeros arrestos, como caribeño blanco en Nueva York, quería destinarlos a demostrar que con la música se podían quebrar los esquemas raciales. Es por ello que al volver y cuando Charlie "Bird" Parker le da la oportunidad de tocar en su orquesta, despues de pasar media hora como telonero de uno de sus espectáculos, siente que ha subido al cielo "sin escalas".

         Su inserción definitiva en esta ciudad latina y anglosajona al tiempo, le decía que debía ir despacio en la búsqueda de esos estadios "multiculturales" Aun los músicos caribeños y sus melodías no eran bien vistos en el "main stream" de Norteamérica. El músico Joe Cuba había sido recibido por una lluvia de piedras en Georgia, cuando pretendió presentarse ahí. En recuerdo de ese momento, Cuba grabó una canción que es conocida como "El pito", donde el coro repite "I never go back to Georgia" (Yo nunca regresaré a Georgia).

         Sí, Barreto pertenecía a una generación de ruptura,  privilegiada para la historia; su formación temprana en el Jazz hizo que cuando apareció en la escena de la Salsa, algunos creían que estaba "disfrazado" siguiendo el estilo de la guapería de las calles, es decir, con la camisa de satín abierta en el pecho. Sus gafas de odontólogo y la seriedad con que asumia su vida privada -muchos músicos más jovenes como Rubén Blades, lo consideraban un padre- lo defendían de la imagen que Fania quiso vender de él en el mundo. Johny Pacheco lo llamaba "El Machote", y Barreto sacudía las congas como si estuviera practicando un exorcismo, para, finalmente, poner los codos sobre los cueros. A la gente le encantaba eso; esta dicotomía personal de caballero de la Salsa, fue bien definida por el percusionista cubano Tata Güines: "Barreto era una fiera con las tumbadoras; cuando tocaba, parecía un cubano de solar, con frac, sacándole sonido a los parches..."  
       
              Cumplió su sueño de tocar con Charlie Parker, con Cannonball Addley, Lou Donaldson, Red Garland, Dizzy Gillispie, Freddie Hubbard, Wes Montmomery, Cal Tjader, entre otros.

"Indestructible"

Integrante de la Fania All Stars desde 1968, dio a conocer en 1972, su álbum "Que viva la música", el cual dio título también a la novela temprana del escritor caleño Andrés Caicedo Estela. Los salseros fueron sorprendidos en 1973, por la figura de un Barreto que emulaba en la carátula de su disco al reportero Clark Kent, Superman, en el momento de rasgar la camisa para mostrar la "S" sobre el uniforme azul del superhombre. "Indestructible" le trajo muchas emociones, tantas como su participación en la película de León Gast, "Our Latin Thing" (Nuestra cosa Latina), donde hace gala de su guapería callejera en el momento de echar un piropo junto al carrito de u piragüero (vendedor de cholaos): "Déjate de la hipocresía yla falsedad, y ven pa' cá", le dice a una mulata que pasa. El piropo estaba extractado de su melodía "Hipocresía y falsedad", del álbum "Togheter" (Juntos), con Orestes Vilato en los timbales y Andy González en el bajo.

         Al recibir el Grammy en 1990 por su producción "Ritmo en el corazón", estaba adelantando quizá y de manera irónica, los trastornos cardiacos que lo llevaron "feliz" a la tumba. Esta consideración es de su esposa Annete Rivera, quien el pasado miécoles 22 de febrero, en la capilla Riverside Memorial, -una capilla con el mismo nombre del sello con el que grabó su primer L.D. - recordó el amor del pueblo de Puerto Rico por Barreto. Al hospital de la universidad de Hackensak, New Jersey, donde falleció el 17 de febrero de 2006, a las cinco de la mañana, a los 76 años, llegaron cartas de todas la provincias de la isla. "Algunas parecían libros, por su extension; las mismas las leíamos al pie de su cama, y él sonreía", dijo Annete emocionada, pues en ellas le declaraban su amor a Barreto, y le enviaban "fuerza gigante", energía para resistir, a él, "conguero indestructible". Barreto quería volver con su esposa a Puerto Rico, para buscar una casita frente a la playa de Luquillo, donde esperaba escribir sus memorias. La Fania All Stars y La Ponceña, le rindieron homenaje en Nueva York y la isla, pues según el querer de la familia, sus cenizas debían quedar en ambos lugares; en la tierra de sus antepasados jíbaros, y en el Brooklyn de su niñez y juventud.

         Las floristerías de Harlem y el Bronx hicieron una almohada de margaritas para su féretro; quiso la viuda que fuera mostrado por última vez, antes de la cremación, como había sido en vida, y por ello Barreto lució sus gafas dentro de la caja mortuoria, y un par de congas hechas con rosas blancas y rojas, a lado y lado. Estaban ahí sus nietos Julián Barreto, Ajá Peters, Arno y Alex Peters, y sus hijos Cristopher, Raun, Ray y Kelly Barreto.

El músico dejó una gran semilla: su hijo, Ray Barreto Jr., es compositor, pianista y conguero de kilates; el dio las gracias en nombre de la familia, despues que el trompetista John Baily hizo un solo para despedir al guerrero gentil, a aquel que se transformaba  en un Masai enplumado delante de un tambor.